Saturday, April 30, 2011

yo en corbata



La gente aún no llegaba y ya yo estaba en la piscina. No soportaba el calor de la noche y el alcohol me hacía hacer cosas incoherentes, por ejemplo: tirarme al agua con los zapatos puestos o intentar besar a mi mejor amigo. 

Por eso dejé de beber, pa’ no seguir haciendo el ridículo. Prefería tomar agua en lo que los niveles de alcohol se me normalizaban, cosa que cuando los invitados de la fiesta llegaran, pensaran que yo era una persona seria, todo un intelectual. El alcohol hacía que me preocupara por lo que los demás pensaran de mí. Había publicado un libro, ya me había graduado de la universidad y me había ganado un premio literario nacional. So’ no podía estar borracho dentro de la piscina, haciendo el ridículo y hablando mierda. Debía estar presentable. Tenía que ser  todo un hombre. 

Navegaba en una especie de océano existencialista donde intentaba cazar ballenas de contestaciones a las preguntas que a raíz de una borrachera, transgredían al badtrip. Decidido, me salí de la piscina y caminé hasta la casa, dejando a mi paso todo un rastro de agua. Me encerré en uno de los cuartos. Me quité el traje de baño y lo tendí encima del aire acondicionado. Entonces, me acosté a dormir en lo que me secaba.

Al despertar, ya estaba completamente seco. Me puse una camisa de manga larga, una corbata y me volví a poner el traje de baño a falta de otro pantalón.  Cuando me miré al espejo vi a otra persona; un hombre serio, de buenos modales, sobrio, un ente cultural y con un gran sentido de responsabilidad. 


Salí del cuarto y para mi sorpresa, ya habían llegado todos. Me sentía muy superior a ellos, claro; mi corbata me daba seguridad. Los fui saludando a todos, uno por uno y me presentaba, como si no nos conociéramos, como si fueran nuevos para mí. Mister Juanluís Ramos, un gusto conocerle. Y la gente me miraba extrañada, diciéndose entre dientes, que carajo le pasa a este cabrón. Fui a la nevera, abrí el jugo de manzana y me serví en una copa de cristal. Los amigos comenzaron a acercarse y a preguntar que me pasaba, que si estaba tripiando. Les contesté que no, que estaba bien, que les agradecía su preocupación, pero que ya era otra persona. Les empecé a hablar sobre como fuerzas más grandes que la vida misma eran capaz de transformar la vida de las personas y que aunque yo no había sufrido ningún suceso transcendental ni mucho menos me había convertido a religión alguna, había cambiado mucho. Ellos asintieron con la cabeza sin hacerme mucho caso. Me daban por loco. 

Se pusieron los trajes de baño, se prepararon tragos y corrieron hacia la piscina. Yo los seguí, puse a Tchaikovsky en mi iPod y me recosté en una silla de playa a tomar un baño de luna. 

Dentro de la piscina lo que había era un hecatombe. Todos borrachos, arrebataos, bellaqueando, hablando de cuanto tema necio existía y yo en cambio, tan sublime, tan superior, tan hombre, tan con corbata.

Una chica sale de la piscina, se me sienta al lado y me halaga el nudo de la corbata, y lo bien que me queda la corbata y lo profesional que me veía con la corbata. Yo le contesto con una sonrisa y ella me ofrece un trago de ron. Con la cabeza le doy  las gracias y le informo que no estoy bebiendo, pero ella insiste. Le digo entonces, que me traiga una copa de Vega Sicilia, ella me contesta que no sabe que es eso y le explico que es un vino de primerísima calidad. Ella va y regresa con una copa de vino barato. Al probarlo me dan nauseas y le digo que no se preocupe. Entonces, ella se queda a mi lado y me comienza a hablar sobre el arte y la autogestión y del amor al arte y de la realidad del arte y de diversos tipos de arte y que se yo que otra cosa relacionada con el arte. Yo la escucho y solo asiento con la cabeza. Porque así soy, fanático del monólogo. Me encanta escuchar a las personas hablar. Solo contesto con un monosílabo o un gesto facial, así provoco que la monologación se extienda. La chica seguía ofreciéndome copas de vino y yo le decía que me las trajera, aunque no probara gota de ninguna. Cada vez que regresaba, venía con otro tema y eso comenzaba a excitarme. Para un yo con corbata, una mujer que no se calla puede ser la gloria. Incluso, algo más. 

Se me empezaba a formar un bulto dentro del pantalón y ella se daba cuenta y se sonreía. Se me acercó y me dijo al oído, me tienes bien bellaca, cabrón, así sin más. Yo le ofrezco un cigarrillo y nos lo fumamos antes que me preguntará que haría yo, si ella subía a la casa. Yo, como el hombre de corbata que era en ese momento, le contesté: irme detrás tuyo. Y subimos a la casa, como si nadie se hubiera percatado de nuestra desaparición.

Ella se quitaba la ropa desde que subía por la escalera y me adelantaba todo lo que quería hacerme. Llegamos al cuarto. Me tiró contra la cama. Me quitó toda la ropa, menos la corbata. Se me tiró encima. Hizo todo lo que prometió hacer. Todo. Incluso un poco más.

Cuando regresamos a la piscina, yo me quité la corbata y me tiré de cabeza.

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