No me causó ningún tipo de gracia que el crítico de literatura del periódico más leído en todo el país despedazara mi libro. Lo acusaron de vulgar, de irrespetuoso y sobre todo de atentar contra varios aspectos culturales del país, aunque no especificaron cuales. Además me atacaron a mí, como autor del libro, y cito: “si una persona, quienquiera que sea, se atreve a escribir algo así, debe poseer, a lo menos, una mente enfermiza, pervertida y con demasiados sentimientos destructivos. Una persona que se atreva a escribir algo así, debería considerarse como un peligro no solo a la identidad cultural del país, sino a la tranquilidad social que cualquiera aspira. Sinceramente no puedo entender como alguna editorial pudo haber publicado tal barrabasada.”
Me enteré de la noticia por que uno de mis amigos me llamó desde Atlanta para preguntar que pensaba sobre el asunto. Yo le dije que no sabía de que me hablaba, que me acababa de despertar, que si quería me llamara en una hora en lo que me daba tiempo de salir a comprar el periódico. Le dí las gracias por avisarme y antes de colgar le pregunté que quién había escrito la crítica. Eugenio Encarnación Hernandez. Y al escuchar ese nombre, se me pusieron los pelos de puntas. Eugenio Encarnación Hernandez es el diablo. Eugenio Encarnación Hernandez es el terror de todo escritor. Hacía 20 años que hacía crítica para el periódico y hacía 20 años que no escribía una crítica positiva. Destruía todo libro que comentaba. Mutilaba la moral de sus víctimas. Algunos preferían el no publicar antes de ser masacrados por el Sr. Eugenio Encarnación Hernandez.
Salí de mi casa, compré el periódico y mientras leía se me helaba el corazón. Aquel tipo tenía algo conmigo y lo que tenía era personal. Y si bien es cierto que en más de una ocasión he publicado comentarios negativos hacia su crítica en mi blog, la cosa no era para tanto. Solo expresaba mis diferencias a su manera cruel de destazajar los libros. En ningún momento lo insulté ni nada por el estilo. Aunque quién sabe, quizás se molestó cuando lo acusé de fanático religioso y de derechista retrógrada.
Cuando me volví a comunicar con mi amigo de Atlanta, le comenté sobre el temblequeo que tenía encima desde que leí la crítica. A lo que él me contestó: Juanluís, deja las cosas así. Dime, ¿a quién, fuera del circulito ese literario le importa lo que diga el tipo ese? Deja las cosas así. Tu sabes que a mucha gente le gustó tu libro, así que pichea. Además tú te vas del país pronto.
Pero no hice caso.
Escribí una nota sobre el asunto, denunciando la falta de profesionalismo de este señor y la envié al periódico. Pero no la publicaron. La subí a mi blog y aunque nadie comentó en la entrada, muchos me escribieron mensajes privados facebook. Me agradecían por atreverme a confrontar a Eugenio Encarnación Hernandez. Me llegó un email anónimo de alguien del periódico advirtiéndome que Eugenio había leído mi blog, que me preparara para lo peor. No me preocupé, pensé que era alguien queriéndome coger de pendejo, pero al domingo próximo me di cuenta de su veracidad. El Señor Encarnación Hernandez volvía a utilizar su espacio para atacarme, esta vez hablando sobre toda mi carrera literario. Y mi carrera literaria, si así se podría llamar, se limitaba a dos blogs de 75 entradas cada uno, una publicación en una revista bilingüe estudiantil, Reyerta TV y los textos que escribí alguna vez en el taller de Mayra. Es bien sabida la amistad que existe entre Mayra y Eugenio, por lo tanto, no me sorprendió ver esos textos citados en el periódico. Lo que si me sorprendió fue que en la columna dominical de la otra Mayra, la también escritora, ésta atacara a los que denigran la cultura puertorriqueña y ahí estaba, nada más y nada menos, que mi nombre.
Y no sé si es cierto, pero algunos de mis amigos, los más cercanos, me dijeron que Encarnación Hernandez había enviado un email diciendo que quién quiera que escribiera algo, lo que fuese, defendiendo a Juanluís Ramos, quedaría destruida toda su reputación, para siempre.
Entonces, comenzaron los problemas. Me botaron del McDonals donde trabajaba porque dañaba la imagen de la empresa. Muchos de mis amigos comenzaron a evitarme. Mi familia salió de viaje misteriosamente. Mi novia me dejó por un artesano y mi perro murió al cruzar la calle. Estaba solo y con la moral por el piso. Todo lo que había creado se había ido a la mierda por culpa de la crítica. Eugenio Encarnación Hernandez y la otra Mayra, la del periódico, destruyeron mi vida. Hasta el gobernador censuró mi libro en su mensaje de estado. Nadie quería saber sobre Juanluís Ramos. Nadie. Me informé sobre las posibilidades de una demanda legal, pero sería un proceso muy costoso, Encarnación Hernandez trabaja para el periódico y el periódico tiene muy buenos abogados. Yo no tengo un carajo, me gradué de la universidad y lo único que conseguí fue un trabajo en McDonals y ya no lo tengo. Juanluís es una amenaza para la estabilidad del país. Juanluís es un enfermo. Juanluís destruye poco a poco la cultura del país. Juanluís es mierda.
Ya no tenía más nada que perder. La poca dignidad que me quedaba tenía que emplearla en confrontar a Eugenio Encarnación Hernandez. No quedaba de otra. Llamé a las oficinas del periódico preguntando como podía localizar al crítico. No me dieron la información. Envié emails a todos mis contactos, pidiendo el número de Encarnación Hernandez. Nadie me contestó. Tuve que empezar a frecuentar las actividades literarias que se producían en el país. Todos me ignoraban, era como si yo no estuviera ahí. Me le paraba al frente a Yolanda, le sonreía y ella cambiaba la mirada. Guillermo cambiaba de posición cada vez que veía que me le acercaba. Luis me envió un mensaje de texto “ni se te ocurra venir a saludarme”. No conseguiría el contacto ahí, como lo suponía. Llamé a mi amigo en Atlanta, le expliqué sobre mis planes para con Encarnación. Me dijo que sería una buena idea reunirme con él, pero que tuviera mucho cuidado, que no me confiara de ningún crítico. Prometió conseguirme el número y así lo hizo.
Lo llamé inmediatamente, pero no me contestó.
Estaba deprimido. Estuve acostado en el piso de mi cuarto durante días, no salía a coger el sol y solamente comía cereal. Entonces, cuando más oscuro se tornaba mi cuarto, cuando pensé que ya no habría salida a este túnel que cada vez se hacía más angosto, recibí una llamada. La persona no se quiso identificar, pero me dijo “esta noche en la librería Mágica se presenta la nueva novela de la otra Mayra, la del periódico, y a que no sabes quién presentará su libro. Eugenio Encarnación Hernandez”, lanzó una carcajada y colgó, así sin más, como sabiendo lo que se avecinaba. No reconocí la voz, pero le hice todo el caso del mundo. Me bañé, me puse pantalones, camisa, corbata y cogí el tren que me dejaba cerca de la librería. Al llegar me prohibieron la entrada. Se reservaban el derecho de admisión. No querían que mi presencia arruinara la noche. Yo asentí con la cabeza y me quedé afuera, donde no pudieran verme. Recibí la misma llamada anónima de la otra vez, esta vez me informaba que Eugenio aún no había llegado, que lo esperara afuera. Lo esperé, pero Eugenio no llegaba y yo no soy una persona de mucha paciencia. Pensé que nunca llegaría. Así que fui a la barra que queda a varios pasos de allí y me tomé un par de cervezas. Cuando regresé y muy a mi pesar, ya Encarnación estaba adentro y presentaba el libro. Esperaré a que termine la actividad y lo enfrento, me dije, casi susurrándome.
La actividad terminó. Encarnación salió afuera. Hablaba con la gente, les firmaba autógrafos y se tiraba fotos con ellos. Tuve que esperar como 20 minutos hasta que por fín se quedó solo y encendió un cigarrillo. Definitivamente, era mi turno, era mi momento. Caminé directo a él, sin saber que decir, sin saber como actuar, sin saber tan siquiera para que lo haría. Me le paro al frente, saco un cigarrillo y le pido fuego. El me da su lighter y me pregunta si nos conocemos. Y esa pregunta me supo a mierda. Fue como si me tiraran un balde lleno del agua más fría que se pudiera imaginar. Juanluís Ramos, un placer y le estreché la mano. Eugenio puso cara de incrédulo, más bien de terror y respondió el saludo tembloroso. Me destruiste la vida, viejo cabrón, te vas a arrepentir y me las vas a pagar. Lo agarré por el cuello de la camisa. Estaba dispuesto a romperle la cara, un brazo, quizás una pierna. Estaba dispuesto a matarlo allí mismo. Frente a todos. Pero antes de que le pudiese hacer cualquier cosa, salieron tres hombres, enormes, con tubos, manoplas y otras armas punzantes. Me dieron una golpiza, me dejaron moribundo.
Lo hicieron en defensa propia, no cabía duda.
La policía no tardó en llegar, tampoco los noticieros.